La sequía y el cambio climático han elevado el suministro de agua potable a prioridad en algunas regiones de España.
Cataluña, la segunda región española por población con más de 8 millones de habitantes, ha sido la primera en decretar la emergencia ante el preocupante descenso de las reservas de agua, tanto la procedente de la lluvia como la que se almacena en embalses. La consecuencia es la restricción del consumo de agua para fines deportivos e industriales y limitar el consumo personal a 200 litros por habitante y día.
En el otro extremo de la geografía ibérica, Andalucía, la comunidad más poblada con casi 8,5 millones de habitantes, también ha encendido las alertas: ha aprobado bajar la presión del abastecimiento en el caño de agua o cortar el suministro por franjas horarias.
Ambas decisiones afectan a un tercio de la población de todo el país (48,5 millones de habitantes) e inicia la fase más crítica de la escasez del líquido elemento.
En ambas zonas los caudales de agua en los embalses apenas llegan al 20 por ciento de su capacidad a consecuencia de la falta de lluvia desde hace meses. Sin embargo, la ausencia de precipitaciones no es la única razón. El consumo de agua en la agricultura se ha multiplicado por la proliferación de explotaciones agrarias intensivas, al igual que la afluencia turística tanto en Andalucía como Cataluña duplica en algunos meses del año el número de consumidores de agua potable.
El Gobierno central ya ha previsto el envío de agua en buques nodriza cargadas con agua de mar potabilizada en desalinizadoras desde el Levante hasta el puerto de Barcelona, una medida inédita que refleja la gravedad de la situación.
El sur de Europa en general, y la península Ibérica en particular, es una zona especialmente sensible al cambio climático y al aumento de las temperaturas promedio. Hasta ahora, este efecto era singularmente evidente en verano, con un aumento de las temperaturas superior al habitual. Ahora se está extendiendo también al invierno. De hecho, enero ha sido considerado el mes menos frío desde que existen registros climáticos.
El desplome de las precipitaciones en 2023 fue uno de los diez desastres climáticos más costosos del año en el mundo, según el análisis anual de la organización Christian Aid, que calculó un perjuicio de 50 euros por cada habitante debido a la sequía.