“Soy un hombre de negocios, no un asesino.» Clayton, en el spaghetti western “Voy, lo mato, y vuelvo” (1967)
A veces pasan cosas que veo o leo y se me mezclan con películas, poemas, ciudades, mapas o canciones. Y la última semana se amontonaron en mi inventario los rostros y las ideas de amigos míos, hombres y mujeres de negocios, desde Polonia hasta Bolivia, desde México hasta Perú, pasando por Venezuela y aterrizando en Paraguay, que con genuino propósito de cambio en sus territorios enarbolan – con suertes diferentes- las banderas del buen periodismo, para mejorar el clima de negocios en su ciudad, en su país.
En la película italiana de 1967 “Voy, lo mato, y vuelvo”, filmada en esa tierra querida de Almería, – tierra de periodistas y creativos como Julián, Paco, Belén, Rosa, Fernando, Damián-, el protagonista Clayton y un personaje llamado El Forastero se embarcan en un peligroso viaje para encontrar un botín de oro perdido, enfrentándose a una serie de enemigos que incluye a un político corrupto, un sheriff, como no, también corrupto, y a una banda de indios hostiles…
Y la película, que vi hace muchos años y era malísima, me suena extraordinariamente parecida a lo que veo, vivo y leo hoy.
El oro que buscan Clayton y El Forastero es, para mi viaje al Finisterre de esta semana, ese propósito de servir, de todos los editores que he encontrado en este “lejano oeste” de los medios de comunicación. Ese propósito de ayudar a hacer negocios, de mostrar el mapa que conduce al “Dorado”, a esa sociedad que merece disfrutar un periodismo honesto y comprometido.
Y atravesando ese Lejano Oeste salvaje, recordé la lucha noble de Luis Agois en Lima, que como un viejo pistolero en la puerta de su rancho, trató de evitar que arrastraran a sus diarios por la polvorienta calle de la demolición, cosa que finalmente sucedió, acribilladas sus marcas y su propósito para un Perú mejor informado.
Y siento aún sudor frío y veo los buitres dando vueltas sobre mi cabeza y bajo el ardiente sol de la Barcelona en el caribe venezolano, al recordar las semanas que nos batimos en duelo, con Rita Gamarra, para salvar los diarios de su familia de las garras de Chávez y luego Maduro, y caer y morder el polvo, superados en número y munición. También vI irse a la tumba de la intrascendencia informativa dos diarios muy queridos en Bolivia, usurpados por los pistoleros de Evo.
Y también es cierto que ayudamos a mejorar el diario de un magnate ruso en Varsovia, de un sindicalista en Argentina, de un banquero en Santo Domingo, de una corporación sin alma en Colombia. Y le dimos tiempo a El Tiempo, el diario de Enrique Irazoqui, un piloto de aventuras periodísticas en la desértica Coahuila en México.
Hoy veo a Javier Salido batirse en Sinaloa, territorio bravo si los hay, ya no frente a un sheriff, sino frente a la indiferencia por la actualidad y las caravanas que emigran y zozobran en las redes, defendiendo el último bastión de la prensa libre masiva, haciendo buen periodismo.
Y veo a Fernando Rodríguez en Paraguay, mirando con su catalejo nuevos territorios para conquistar, montado en su brioso caballo de periodismo de negocios.
Todos ellos con un propósito de oro: mejorar el clima de negocios en su ciudad, en su país, con buen periodismo.
En un pasaje de la película, Clayton le dice a El Forastero: «No tengo tiempo para perder el tiempo.» Y El Forastero” le responde: “Voy, lo mato y vuelvo”.
Hoy, yo no tengo tiempo que perder, ni hacérselo perder a mis amigos, ni a mi familia. Voy a disparar hasta la última bala para matar al periodismo mediocre, al periodismo autista, al periodismo selfie, sin propósito. Voy tras él.
Voy, lo mato, y vuelvo. Dixit.